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Cómo la medicina occidental tradicional rechaza el bienestar. 1ra parte

A través de la historia se ha buscado el bienestar. En toda civilización desde el antiguo Egipto a la Europa medieval, los alquimistas malgastaron fortunas pensando que el oro disuelto en aqua regia era el elixir de la vida. Del siglo XVI al siglo XIX, los monarcas financiaron expediciones (por ejemplo, para encontrar la mítica Fuente de la Juventud). Debido a los fracasos obtenidos, a los médicos del bienestar con frecuencia se les catalogaba como chalatanes.

Entonces, en el siglo XX, los descubrimientos científicos unieron la enfermedad y el envejecimiento con el alimento y el ejercicio. En 1908, se descubrió que había cuatro sustancias vitales para la vida basadas en el amoniaco, a las que se llamó «vital amines» o «vitaminas». Los estudios, para la época, mostraron que el ejercicio físico era benéfico sobre todo para la salud y para evitar las enfermedades crónicas. Pero en su mayoría, estos descubrimientos de bienestar, ahora aceptados, fueron rechazados por la comunidad médica occidental.

Antes del siglo XIX, los doctores administraban las pocas medicinas que existían y por ensayo y error observaban qué medicinas curaban qué enfermedades. Por siglos esta fue la forma en que se acumuló el conocimiento médico y en ocasiones difería entre las culturas.

Pero cuando una medicina o tratamiento eran los correctos, los doctores no sabían el por qué. No fue sino hasta que se inventó (siglo XVII) y generalizó el uso del microscopio (finales del siglo XIX) que se descubrieron las células y bacterias, y esto permitió a los científicos ver en realidad cómo trabajaban, además de dar explicación a las teorías de las infecciones, vacunas y antibióticos.

A finales del siglo XIX y principios del XX, los científicos se convirtieron en héroes al eliminar una a una las principales enfermedades que habían sido azote de la humanidad (por ejemplo, viruela, tuberculosis, polio, etc.).

Con el valor que les dio este éxito y en parte, para diferenciarse ellos mismos de los charlatanes que practicaban la magia en lugar de la medicina, la ciencia médica occidental con arrogancia empezó a rechazar los tratamientos y curas del envejecimiento, cuya función no podía explicarse científicamente, debido a los existentes niveles de tecnología de aquel entonces.

Fuente: El próximo trillón, Paul Zane Pilzer, pp. 53-54

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